MITOS Y LEYENDAS DE CABALLITO: UN MILAGRO EN LA QUINTA LEZICA
Mercedes Guerra nació en Salavina, Santiago del Estero, en el mes de septiembre de 1817. Hija de Antonio Guerra, español, y de doña Inés Contreras, santiagueña. El 7 de diciembre fue bautizada en la Iglesia del Carmen de la Villa de Salavina.
El 3 de marzo de 1857 ingresó en Clausura, con las Monjas Clarisas Capuchinas de la ciudad de Buenos Aires, tenía entonces 40 años. Pero muy pronto tuvo que abandonar el convento con íntimo dolor de su alma, ya que su salud débil y quebradiza la llevaba a no poder soportar las austeridades de las reglas del Monasterio. Dispuesta a ser franciscana no sólo de corazón, sino también en las obras, hacia 1859 se dedicó a enseñar a domicilio a los alumnos incorregibles en forma gratuita, recibir pensionistas y a cuidar a los enfermos con profunda abnegación.
El 22 de mayo de 1872 Don Ambrosio Plácido Lezica hervía de fiebre. Sobre la cama, su cuerpo temblaba y sólo se oían sus quejidos en la amplia habitación. Los postigos cerrados desde hacía días no dejaban que la frondosa quinta visitara a su dueño.
Una mano piadosa apoya un lienzo húmedo sobre la frente brillante de sudor. Como un murmullo suave una oración lo acaricia. Es Mercedes, que cumple con su abnegada tarea de cuidar enfermos. El miedo a la reciente epidemia que desbastara a Buenos Aires, mantenía alejados a los sirvientes del lecho de su patrón. Sólo su esposa Rosa Lastra de Lezica y la monja santiagueña lo atienden.
De pronto, un dolor intenso parece perforar los ojos de la monja. Un grito ahogado hace que la esposa de Don Ambrosio entre precipitadamente al cuarto. Ante los ojos de Doña Rosa la hermana Mercedes, parada junto a la cama, se tapa la cara con ambas manos. Caídos en el piso, el paño húmedo y un rosario hacen que la señora de Lezica sienta una mano helada estrujando su estómago, teme lo peor. Al tomar la mano caliente de su marido, escucha que sor Mercedes murmura: «estoy ciega… estoy ciega».
El hijo de los Lezica, Domingo Faustino era médico. Se ocupa de sor Mercedes y la lleva en consulta con el Dr. Cleto Aguirre, uno de los fundadores de la oftalmología argentina.
Este aconseja una intervención quirúrgica para paliar el tormento. Ella acepta y es operada por él, la operación no tiene éxito, sor Mercedes queda ciega.
Repuesto Don Ambrosio de su mal, que era pasajero, no permitió que la monja se fuera; asumiendo su cuidado en la quinta de la calle Rivadavia.
El Dr. Domingo Faustino Lezica, regresa de Francia en 1873. Como obsequio para sor Mercedes trae agua bendita de Lourdes.
En la sala, frente a la imagen de la Virgen, Mercedes reza la novena. Echando mano del agua se humedece los ojos.
Un año y medio después de la operación, en la vieja quinta se produce un milagro, sor Mercedes recobra, súbitamente, la visión.
Ante este milagro los hombres de ciencia se muestran incrédulos pero ella no se deja condicionar ante tal actitud y continúa con la actividad de cumplir con la promesa realizada: «Fundar una sociedad o con-gregación que se dedicará especialmente al cuidado de los enfermos a domicilio sin distinción de credo ni de clases sociales». Nuclea amigas y terciarias para que la acompañen en dicha tarea. Así nace el Instituto de Las Hermanas Terciarias Franciscanas de la Caridad.




