EL PARQUE RIVADAVIA Y UNA HISTORIA DE DOS FAMILIAS
Recientemente el diario La Nación entrevistó a la periodista e historiadora Marina Bussio para hablar sobre la historia de la Quinta Lezica y el Parque Rivadavia. El artículo, que reproducimos a continuación, fue publicado con el título «El terreno que enfrentó durante décadas a dos familias y hoy es uno de los parques más emblemáticos de la ciudad».
El Parque Rivadavia es conocido por albergar cada fin de semana propuestas de lo más variopintas. Por un lado, se nutre de la presencia fiel de los vecinos, un segundo hogar para muchos de ellos; aunque tampoco pueden dejar de mencionarse los grupos de coleccionistas, que son una tradición y lo consideran parte de su vida.
“El parque es mi lugar en el mundo”, dice a LA NACION Marina Bussio, vecina, historiadora y autora del libro De la Quinta
Lezica al Parque Rivadavia, junto con Héctor Núñez Castro. “De pequeña me llevaban mis padres, recuerdo que había un
gran piletón donde llevábamos los barquitos a control remoto, que ya no está. Después íbamos con mis hermanos a cambiar revistas en la feria de libros y revistas, que sigue existiendo, aunque ya no es la misma”, añade. Y asegura que cuando fue más grande y concurría al colegio Normal N° 4, situado al lado, era frecuente pasear por el parque.
“Más tarde llevé a mis hijos, a quienes crié en este parque”, cuenta. Como en su caso, muchos otros vecinos tienen un vínculo
especial con el lugar. “El Parque Rivadavia no solo es un pulmón verde para Caballito, también para muchos vecinos de los barrios más cercanos”, señala María Marta Sáez.
“Con mi familia vivíamos en avenida La Plata y Chiclana y, de chica y adolescente, venía primero con mis padres y luego con mis amigas. Era habitual, los fines de semana, recorrerlo para luego ir a pasear por Rivadavia o Acoyte, a los locales y galerías”, asegura.
Historia de un reclamo
comprendido entre la avenida Rivadavia y las calles Beauchef, Rosario y Doblas, comienza en el siglo XIX. Explica Bussio que antes de que el lugar fuera conocido como la Quinta Lezica, el primer propietario del que se tiene información fue un francés llamado Antoine Ancely. Este utilizaba el terreno para plantaciones, tenía viñedos y árboles frutales sobre lo que hoy es la calle Rosario. “Alrededor de la década de 1840 apareció Ambrosio Plácido Lezica en el lugar y se generó una polémica que nunca fue resuelta porque no existe ninguna escritura de compra de la propiedad de Lezica a Ancely. Y es un hecho que, durante mucho tiempo, Ancely y sus descendientes reclamaron el terreno porque decían que Lezica lo había ocupado sin comprarlo”, detalla la historiadora.
Respecto de Lezica, asegura que era una persona muy poderosa, de mucho dinero, muy amigo del poder y de Domingo Faustino Sarmiento, en particular. “Lezica había diversificado mucho sus inversiones; por ejemplo, fue uno de los
proveedores durante la guerra contra el Paraguay, de yerba, café, armas, de todo. Y cuando el país necesitaba pedir créditos al exterior, el que salía de garante era Lezica. Poseía una de las fortunas más grandes del país”, aclara.
Sobre el uso de la quinta, los Lezica eran una familia muy numerosa. Ambrosio y su esposa tuvieron ocho hijos y, en principio, este era un lugar de descanso; allí pasaban sus vacaciones de verano, mayormente. En tanto que su residencia permanente estaba en el centro de la ciudad. “Pero en 1871 llegó la fiebre amarilla y, como muchos otros, Lezica dejó su vivienda del centro y se trasladó al oeste. A partir de ese momento, empezó a usar la quinta como residencia estable”, señala Bussio. Lezica ya tenía su casa construida allí, pero no era lujosa, no se trataba de un palacete, sino más bien era como el casco de una quinta o de una pequeña estancia. Sobre la calle Rosario mantuvo las plantaciones de Ancely, es decir,
los viñedos y frutales.
A pesar de su gran fortuna, hacia 1900 la familia ya estaba muy caída. “Habían entrado en una crisis económica y la quinta se había deteriorado mucho. Cuando Lezica murió (en 1881), quedaron a cargo la viuda y uno de los hijos, Ángel Lezica, pero poco a poco la situación de la familia se complicó a nivel económico y les resultaba difícil mantener la propiedad”, aclara la historiadora.
Un dato particular que no pasa desapercibido en la historia de la quinta es el hecho de que tuvo lugar el 11 de abril de 1874, cuando apareció muerto allí el mismo Ancely. Se dice que uno de los caseros lo mató de un escopetazo; al creer que era un ladrón que escapaba con un bulto de una de las habitaciones, le disparó. Se cree que Ancely, ya muy mayor, había ido a
buscar algo a la que consideraba su casa y terminó asesinado por una confusión.
Un precio alto
Varios años después, ya en la década de 1920, la municipalidad porteña se fijó en la quinta porque quería construir enfrente el Palacio Municipal. Este estaría ubicado donde hoy se sitúa la Escuela N° 3 “Primera Junta”, D.E.7, que en ese momento era un colegio privado llamado La Santa Unión de los Sagrados Corazones.
“Si construían allí la sede municipal, enfrente podían hacer un gran parque público”, detalla Bussio. Para avanzar en ese plan, se expropió primero el terreno donde funcionaba el colegio, en la esquina de avenida Rivadavia y Campichuelo. “Cuando los Lezica se enteraron de estos planes, hicieron tasar la quinta y la pusieron en venta. Pero a la municipalidad le pareció excesivo el precio que pedía Ángel Lezica y lo expropiaron directamente”, cuenta. Fue entonces cuando a la municipalidad le cayeron una cantidad enorme de juicios. La razón de estos era que los Lezica eran ocho hermanos, de manera que cada uno inició su propio litigio. A ellos se sumaron los descendientes de Ancely, quienes también presentaron demandas porque sostenían que este nunca había vendido la propiedad y que Lezica se había apropiado de esas tierras que seguían siendo de ellos.
“La municipalidad tuvo que pagar tanto dinero en concepto de indemnizaciones que le hubiera salido mucho más barato aceptar desde el principio el precio que pedía la familia Lezica”, dice la historiadora.
En cuanto al parque, se construyó en tiempo récord porque muchos vecinos se quejaban de que esas tierras se habían
convertido en un lugar abandonado. Según la historiadora, el diseño paisajístico estuvo a cargo de Carlos Thays (hijo) y
la inauguración oficial tuvo lugar el 17 de julio de 1928 con la presencia del entonces presidente Marcelo T. de Alvear. “Los
titulares de la época lo anunciaban como el soberbio Parque Rivadavia, en honor a Bernardino Rivadavia, el primer
presidente del país”, cuenta.
Pero poco antes de la gran inauguración, una de las hijas de Lezica, Candelaria —aunque en algunos documentos figura como Candela —, hizo muchas gestiones para que el parque llevara el nombre de la familia. “Puso como ejemplo al Parque Lezama, que lleva ese apellido porque fue donado o vendido por un valor simbólico a la municipalidad. Pero, después de tantos
juicios y tanto dinero pagado, el gobierno porteño no quiso saber nada con nombrarlo Parque Lezica, como quería la hija de don Ambrosio”, advierte. Aunque asegura que muchos vecinos de aquella época, incluso sus propios abuelos, lo siguieron llamando Parque Lezica durante mucho tiempo, aunque oficialmente fuera Rivadavia.
Memoria viva
Quienes visiten el parque aún pueden encontrar algunos elementos originales de la quinta. Bussio destaca que se conservan tres de ellos: “El primero es una noria (utilizada para elevar el agua de los pozos), situada en el centro del parque; el segundo es el pequeño lago artificial sobre la calle Doblas, muy bonito cuando tiene agua, aunque muchas veces está vacío. Y el tercero es un ombú histórico sobre la avenida Rivadavia, identificado con un cartel, que es el mismo árbol bajo el cual nació la feria de filatelia y numismática”.
Sobre las ferias del parque, que son un clásico, Juan Antonio Lázara, director de Patrimonio, Radio y Televisión del Fondo
Nacional de las Artes y también vecino, explica a LA NACION que dos de ellas marcan la historia contemporánea del
parque. Señala que la más antigua es la feria de numismática, medallística y filatelia, que funciona todos los domingos a la mañana desde la década del 40 hasta la actualidad.
“Es una institución en sí misma”, enfatiza. En tanto que la otra es la feria del libro y las revistas, también histórica. “De niño
compraba y vendía historietas allí; todavía funciona, aunque hoy quedan solo un par de libreros de los antiguos”, dice. Y añade que, en los últimos años, también existió una feria de intercambio de juguetes y coleccionismo popular que fue desalojada recientemente.
A lo largo de los años, el lugar atravesó transformaciones profundas. Lázara, también doctor en Historia y Teoría de las
Artes, asegura que una de las más significativas llegó en los años 40, cuando se emplazó el monumento a Simón Bolívar,
obra del escultor José Fioravanti. Se trata de uno de los monumentos más importantes de la ciudad dedicados al
libertador, declarado Monumento Histórico Nacional en 2019. Se destacan, además, el Monumento a la Madre, de Luis
Perlotti, y la fuente catalana del escultor Josep Llimona.
Cabe destacar la importancia del Parque Rivadavia para el barrio, al punto que Lázara lo considera un polo de vida
pública, educativa e institucional de Caballito. ¿La razón? Linda con el Normal N°4, que es uno de los colegios más antiguos del barrio. Enfrente se emplaza otro colegio municipal, la mencionada Escuela N° 3 “Primera Junta”, D.E.7, y en las
inmediaciones funcionó durante algunos años, en lo que hoy es el pasaje Florencio Balcarce, el Palacio Videla Dorna, ya
demolido, que fue sede de la Escuela Naval.
Por Silvina Vitale



